HUMOR: Mi amigo presbófobo

>> 15 de junio de 2014

Fue en la década del ochenta cuando escuché por vez primera a mi amigo decir que las mujeres viejas tenían los senos tan colgantes que sus ombligos les preguntaban: ¿qué hacen ustedes por aquí?

Hacía mofa de los pechos caídos, afirmando que esas piezas anatómicas de las féminas de edad madura “tenían deseos de juntarse con los mosaicos de sus hogares”.

No cesaba de hablar de su afición por las jovencitas, muchas de las cuales conquistó cuando alcanzó buena posición económica. Y precisamente lo que más elogiaba de las jóvenes era la dureza de sus pectorales, que armonizaban con la consistencia del resto de sus cuerpos.
Llegó en la quinta década de existencia al matrimonio, y lo hizo con una hermosa veinteañera.
Sus amigos coincidíamos en la presunción de que la moza le había correspondido por razones monetarias, ya que provenía de una familia humilde.
A los amigos que decían preferir las mujeres maduras, porque mostraban personalidades más reposadas, el aficionado a las mujeres de corta edad les señalaba que las añejas también tenían cuerpos más “repasados”.
Cuando el juvenólatra se acercaba a los sesenta años, el cuerpo atlético que había desarrollado con la asistencia al gimnasio, al abandonar los ejercicios se tornó obeso y blandengue.
Su cónyuge, a quien le llevaba algo más de un par de décadas, todavía era una mujer de buen ver, pero había perdido parte de su lozanía, y cuando andaban juntos ya no era tan notoria la diferencia de edades.
Actualmente mi amigo no utiliza su discurso anti viejas, ni se extiende en consideraciones sobre la belleza rozagante que imprime la juventud a las anatomías femeniles que la albergan.
A mediados del pasado año me visitó en mi hogar, y sus palabras me llevaron a la conclusión de que se había tornado más reposado, después que el calendario lo había repasado.
-Me sorprendo- dijo- cuando al caminar por una de nuestras calles no me volteo ante el paso garboso de una muchacha; sin embargo me quedo alelado cuando una mujer madura, con su cabellera plateada, y el paso lento, me fija en el rostro su mirada apacible. Le pido a Dios todos los días que acabe de adormecer el temperamento de mi esposa.
Fue cuando se levantó del sofá que ocupaba para marcharse que reparé en su vientre inflado, su pecho hendido, y los pliegues de acordeón de su rostro, que combinaban con sus palabras, ahora de contenido justificadamente viejófilo.
Por Mario Emilio Pérez

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