La Vanagloria del Poder de "Los Muchachos de Leonel"

>> 3 de septiembre de 2014

Mientras hacía turno en una oficina comercial, contemplé sobre una mesa un manoseado periódico de varias semanas. Al advertir la fecha de su edición, quise dominar la intención de recogerlo, pero el tedio de la espera no me dejó otra elección. 


Total, era mejor idea que mirar a una fila de gente con expresiones mustias y adustas.  Como las noticias estaban vencidas, corrí mi vista a la página de opinión. En ella tropecé con un artículo que redimió amenamente lo que prometía ser un momento aburrido. “La Vejez, mi mejor Tesoro” era su título, de la educadora Yvelisse Prats Ramírez de Pérez.  Quedé prendido de su lúcida, aseada y cadenciosa prosa, admiración que se enaltece cuando se trata, como en el caso, de una persona con tan fecundo añejamiento existencial. Justamente la meritoria maestra pretendía responder, con fino tino, a un necio juicio de un comunicador de que el viejo PRD era un museo de dinosaurios, un hospicio de gente rancia que se obstinaba a sus posiciones como a sus vidas, a diferencia del partido oficial, preñado de juventud prometedora.

Al terminar la lectura, quedé arrinconado en un solo pensamiento, tan visceral que lo sentí latir en mi mente como golpe metálico. Él envasaba la angustia de un dilema: ¿juventud o vejez? ¿pasado o futuro?

De la abstracción me moví a la realidad para analizar, en el plano concreto, el peso de mi disyuntiva.  Resultó inevitable evocar algunos emblemas de la juventud peledeísta. No fue un ejercicio espinoso porque conozco la vida de algunos. 

Mi desempeño académico de más de dos décadas, y mi práctica como abogado empresarial, me acercaron, en el pasado, a sus anónimas existencias. Sé de donde vienen, qué hacían y quiénes eran.  He mirado desde afuera sus carreras. En algunos he visto perder la identidad conocida y hoy contemplo a seres perdidamente autonegados. De estudiantes malos y sin disciplina de estudio han devenido en respetables eruditos de la opinión. Soy testigo de pasadas ruinas económicas de otros a los que tuve asistir para negociar deudas o evitarles embargos; hoy, como contratistas millonarios del Estado, me niegan el favor de su cara mirada, pero también unos honorarios nunca pagados. 

El milagro de algunas fortunas me ha anestesiado el asombro: de profesionales anodinos a empresarios exitosos, con inversiones en empresas constructoras, de publicidad, combustibles, tecnología, medios de comunicación, suplidoras del Estado y muchas tantas. 

Calculé minuciosamente sus sueldos, a los que agregué viáticos, gastos de representación, comisiones y hasta las estimaciones de las oportunidades de crédito y negocios que aporta la posición y los multipliqué por los años que tienen en sus cargos, pero por más malabares, piruetas y sortilegios financieros, las cifras nunca llegaron.

Sé de pugnas libertinas por el traje o el Rolex más caro o disputas de francachela por las modelos y las presentadoras de televisión que se “han  tirado”, presumiendo, en su desquiciamiento narcisista, hasta de épicas hazañas viriles.
La vanagloria del poder los ha enloquecido entre hábitos extravagantes de consumo, bohemias e inversiones inactivas. Sé de pugnas libertinas por el traje o el Rolex más caro o disputas de francachela por las modelos y las presentadoras de televisión que se “han  tirado”, presumiendo, en su desquiciamiento narcisista, hasta de épicas hazañas viriles.  Esa embriagada  juventud que hoy delira por su gran mentor, a quien imitan hasta en sus gestos más recogidos, reproduce impunemente su propuesta política-cultural, sustentada por el dispendio, el festín, el hedonismo del poder y la indulgencia ética. No es precisamente aquella juventud que se curte, estudia, investiga, propone, “conceptualiza”, escribe o defiende valores. Tampoco la que le dedica tiempo a la formación política o a la entrega comunitaria. No generalizo, hablo de los que conozco. Puedo afirmar lo contrario de otros que no han trillado ese lóbrego laberinto moral.

El riesgo social de la impunidad reside precisamente en la validación de ese arquetipo que encarnó y tipificó Leonel Fernández. El mensaje moral transmitido es inequívocamente ominoso: legitimar la política como empresa, negocio o base de movilidad social; crear, en la juventud que hoy se juramenta en sus movimientos de apoyo, la torcida expectativa de que la carrera profesional no retributiva o el negocio fracasado tienen, en el activismo político, una oportunidad cómoda para escalar al éxito.  Es perverso “cuantificar” el éxito político con el mismo patrón que el de los negocios. Una carrera política se “cualifica” por aportes perdurables y trascendentes de ideas, compromisos y ejemplos. 

Cuando un legislador llega en su helicóptero a un pueblo empobrecido o cuando un ex funcionario protegido se mofa insolentemente de la autoridad judicial al amparo de sus vínculos financieros con el líder o cuando un empresario se escuda en su abolengo para no ser rozado ni con el aliento de las palabras, a pesar de haber acumulado riquezas indecorosas en el poder, se deforman las imágenes, se trastornan los valores, se desorientan los referentes y se depreda la moral de una nación en franca desorientación institucional. Ese fue, es y será el eminente aporte de esa moción de poder que pretende revalidarse precisamente con base en la juventud y la mujer, blancos de su felina cacería electoral.

La conclusión de mis meditaciones sobre el artículo de la educadora me llevó a una conclusión indeseada: prefiero un pasado digno que un futuro dudoso. Culpa de nuestros tropiezos históricos ha sido tachar ese pasado con las burbujas del presente más espumante. Creo en la juventud; a ella le he dedicado mis mejores años de vida, pero cuando esa generación se envicia de las fantasías mundanales, su efecto social es inconmensurable; convierte al futuro en bayoneta que empuña y manipula a su díscolo capricho moral. 

Napoleón Bonaparte lo advertía en palabras lapidarias: “Toda hora perdida en la juventud es una probabilidad de desgracia en el porvenir”.  Si nuestro futuro siguiera en manos de ese presente, prefiero mil veces el pasado inmóvil, contemplativo y callado, pero poderosamente digno como el que preserva la autora del trabajo comentado, porque, como decía Víctor Hugo, “en los ojos del joven arde la llama. En los del viejo brilla la luz”. Mi respeto eterno, iluminada señora.

Por José Luis Taveras

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