Adiós, Oscar

>> 28 de octubre de 2014

La rapidez siempre estuvo presente en la vida de Oscar Taveras: nació en 1992, firmó en 2008 con San Luis, debutó en mayo de este año y el pasado domingo, lamentablemente, se fue de este mundo muy a destiempo, con apenas 22 años.


Su partida duele. Tenía un futuro promisorio, tan inmenso como el talento que le hizo escalar cada peldaño del sistema de finca de los Cardenales de San Luis. Se han esfumado muchos sueños, una pesadilla en tiempo real que nadie nunca quisiera atestiguar.
El dolor es mayor cuando uno recuerda momentos compartidos con el muchacho que era Oscar, quien hablaba español, inglés y francés. Llega a la mente la mañana que Taveras madrugó para conceder una entrevista en la etapa del pasado Clásico Mundial en la sede de entrenamiento de los Cardenales en Jupiter, Florida. Imposible evitar que los ojos se expresen con el único idioma que conocen cuando de estos duros momentos se trata.
La muerte de un joven atleta es una herida de dimensiones insospechadas. La primera pregunta es ¿por qué? La misma se repite en innumerables ocasiones sin encontrar respuesta ni nadie que siquiera indique donde encontrarla.
Tener mucha energía, como es el caso del hoy fallecido, implica tocar los sentimientos de quienes te rodean. Las ocurrencias de Oscar se sintieron en muchos corazones que han sido derrumbados por la noticia de su fallecimiento.
Por más que inundara el camerino, sin importar las veces que fue llamado a capítulo, la verdad es que deja un vacío que nunca se llena, solo se asimila con el largo paso del tiempo.

Oscar venía de abajo, arribó al tope de una montaña que ha visto a muchos quedarse en el camino. Esa es la historia perfecta para contar. Solo que de vez en cuando el final es triste.
La vida es un aprendizaje constante. El conocimiento entra por vías dulces y amargas. Este ejemplo, con sabor a desgracia, hay que verlo para que no se repita en ningún ser humano sin importar el área en que se desenvuelva.
Somos frágiles. Somos nada. Nos marchamos de aquí y en ocasiones no podemos despedirnos.

Somos vulnerables, demasiado. Un día, con todo el brío de la juventud, estamos. Luego, nos vamos. Descansa en paz, Oscar.

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