Cómo la violencia de género se esconde en la Clase Alta

>> 14 de noviembre de 2014

La violencia de género no distingue por clase social, pero puede
manifestarse en cada grupo de manera distinta.
En las altas esferas, por lo general, el agresor no pide perdón a su víctima, ésta no acude a las autoridades y da más prioridad a su estilo de vida que al atropello que viven casi a diario.


Estos son los hallazgos principales de 12 entrevistas a mujeres de clase alta que fueron víctimas de violencia de género, compilados  en el documento titulado “Violencia Doméstica en la Clase Social Alta en Puerto Rico”, de las profesoras Vivian Rodríguez del Toro y Milagros Colón Castillo.
Este trabajo fue publicado el año pasado en la revista Global Journal Community Sicology.
“Estamos convencidas -las investigadoras- de que esto (la violencia de género) es más común de lo que la gente se imagina en la clase alta, pero está escondido”, dijo Rodríguez del Toro. “En las víctimas, la imagen social que tenía esa familia y su medio de vida pesaba mucho sobre sus decisiones”.
Las doce mujeres entrevistadas lograron salir del patrón de maltrato tras años de estar sometidas a abuso emocional, físico y sexual, destacó Rodríguez del Toro, quien es catedrática en psicología de la Universidad Interamericana y tiene su práctica privada. Dijo que, junto a Colón Castillo, tardó más de un año en conseguir a las mujeres para entrevistarlas bajo estricto anonimato.
Sólo una de las 12 mujeres no había sido víctima de abuso sexual.
“Encontramos que en esta clase social se dan todas las formas de violencia”, indicó la psicóloga, quien urgió a hacer más investigación sobre el tema para identificar comportamientos y mecanismos de ayuda.
El ciclo de violencia es invariable, solo que con estas mujeres, el victimario no pedía perdón. Aún así, se daba la reconciliación, expuso Rodríguez del Toro.
“Arrepentimiento realmente no hay. Las cargaban de regalos, se las llevaban de viaje, les daban un carro nuevo, flores, ir a comer… Se daban unos comportamientos de llenarlas de detalles. Las cosas mejoran por un tiempo hasta convencerla de que las cosas iban a estar mejor. Lo que pudimos inferir fue que el hecho de que por ser una persona con poder económico y de prestigio, hay unos elementos de arrogancia y de estar acostumbrados a tomar las decisiones y a decir que son ellos los que tienen el reconocimiento”, destacó.
Agregó que todas las entrevistadas, a pesar de haber terminado la relación, temían que se les identificara y más aún, que identificaran a sus exparejas que son médicos, abogados, ingenieros, empresarios y dueños de negocios.
Precisamente, el posicionamiento y el reconocimiento social que tenían ellas y sus hijos era el gran escollo para denunciar la violencia de género, contó Rodríguez del Toro. Dijo que ninguna de estas mujeres, todas educadas al menos a nivel de bachillerato, no ejercían su profesión por lo que dependían económicamente de sus esposos. Esa dependencia era uno de los elementos para amenazarlas y mantenerlas sometidas.
“Ellas consideraban que, si las cosas salían mal en un divorcio, ellos -con el poder que tenían- les podían quitar a sus hijos y cambiaría el nivel de vida al que estaban acostumbrados todos. Las amenazaban ‘te voy a quitar los hijos, te voy a dejar pelá’, tengo los abogados y el poder para que te quedes sin nada’. O le decían: ‘No creas que vas a vivir como vives ahora’. Tienen un temor enorme de que, al romper la relación, ellas y sus hijos se vean afectados económicamente”, dijo la catedrática.
Esa amenaza es sustentada, en ocasiones, por la misma familia que, según Rodríguez Toro, cuando se entera del patrón de maltrato, insta a la víctima a tratar de remediar la situación para que no se afecte la imagen ni la posición económica del núcleo familiar. “Muchas veces la familia no comprende la magnitud de la situación en la que se encuentran estas mujeres”, dijo.
Es por eso, dijo la catedrática, que las víctimas no recurren a la Policía ni a los tribunales para denunciar la violencia de género.
“No buscan los recursos que típicamente buscan las mujeres a través de la Ley 54. No recurren al sistema judicial a través de la Ley 54 porque eso conllevaba llamar a la Policía. No recurren a los recursos del gobierno porque la imagen social es tan importante… para no afectarse ellas y sus hijos, que están en clubes y en círculos en donde es muy difícil abrirse. Incluso, se cuestionan qué credibilidad tendrán si se da conocimiento de lo que les pasa. Algunos de estos hombres eran filántropos, que salen en revistas de imagen social”, sostuvo Rodríguez Toro.
“Ellas usaban psicólogos, psiquiatras privados, médicos, sacerdotes y pastores para tratar de resolver su problema privadamente. Vienen a resolver su problema cuando se divorcian”, añadió.
Esa imposibilidad de acudir a las autoridades es el mayor reto para atender a esta población, comentó.
“El reto aquí en Puerto Rico es más prevención y más educación. No estamos haciendo el verdadero esfuerzo gubernamental. No se está haciendo. Estamos hace seis años batallando para que se incorpore en las escuelas la perspectiva de género en todas las escuelas, para que se aprenda la igualdad de géneros. Que se vean iguales”, destacó.
“Somos diferentes. El problema es por qué convertimos esas diferencias en desigualdades. Lo que quiere la educación con perspectiva de género es que los hombres dejen de ser machos, que respeten los derechos de las mujeres, que las vean como iguales, como seres humanos iguales y que, por consiguiente, las mujeres aprendan que son iguales. Que los vean como ni más ni menos”, continuó.  

elnuevodia.com

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