Es innegable que la corrupción ofende y lastima

>> 7 de marzo de 2015

Desde hace algunos años nuestro país vive un ostensible, innegable crecimiento de la corrupción, y con ello, una profundización de sus efectos más negativos. Antes las fortunas políticas eran una suposición compartida, negadas con cierto pudor. Ahora son una realidad publicitada. 

Los corruptos se ufanan de lo que tienen, porque les genera poder en medio de un estado rentista y clientelar. Demuestran así que son "clase gobernante", con su propia estructura de "clase dominante" (J. Bosch) para su autosuficiencia político electoral.


En términos morales personales, este es el colmo del descaro, pero en términos colectivos es la expresión de un profundo deterioro político-institucional; evidencia de una democracia disfuncional: la corrupción es el síntoma. Por eso además de enfrentar los corruptos debemos atacar la corrupción, pero sobre todo debemos atacar las raíces que la producen.
El error en que hemos caído es convertir la corrupción en el diagnóstico nacional para entender todo aquello que está mal. Como buen síntoma, la corrupción genera distracción, es una cortina de humo que opaca problemas aún más profundos.
La obsesión con la corrupción, afirma Moisés Naim -editor de Foreign Policy- puede ser una mala medicina para un país enfermo. Porque la "condena a los culpables" se convierte en una aspirina a un paciente terminal y la "critica a los corruptos" se convierte en discurso político y catarsis social, que tiene como consecuencia el escándalo que se traduce en agenda nacional superficial - y probablemente dirigida - que mata la reflexión profunda y la visión de Estado.
Es innegable que la corrupción ofende y lastima. Es evidente que la corrupción tiene costos, el pueblo los sufre y el país los paga. Es obvio que la corrupción debe ser combatida y castigada. Pero es un síntoma de males más complejos y difíciles de curar: instituciones débiles, rendición de cuentas inexistentes, impunidad absoluta, sistema político clientelista, ausencia de una oposición política articulada que sirva de contrapeso. Democracia disfuncional. Como afirma Naif, la obsesión en la corrupción puede distraer la atención de donde tendría que estar centrada: en todo aquello que una nación tiene que hacer para modernizarse, hacerse eficiente, transparente y justa. Producir un estado de cosa que genere fortunas basadas en la creación de valor, en el aporte y distribución de bienes y servicios y no en el saqueo y uso de los recursos del estado.
Entre las causas subyacentes del fenómeno de la corrupción vemos una economía cada vez menos competitiva; un mercado laboral dependiente en mayor grado de la informalidad; un sistema judicial empobrecido y carente de credibilidad; un sector energético de ineficiencia creciente; una deuda pública que tiende a lo insostenible; una inseguridad ciudadana alarmante; ausencia de una ley de partidos que genere equidad, transparencia y promueva liderazgos; un abismo entre las clases sociales y un gobierno que no luce comprometido en instrumentar las reformas estructurales que requiere la nación para abandonar el sub-desarrollo.
Mientras la corrupción siga siendo obsesión, los argumentos y propuestas serán simplistas, superficiales, más cortina de humo sugiriendo que el "cambio verdadero" se dará cuando se encierre a los corruptos. Que todo cambiará cuando los puros reemplacen a los impuros. Algo así como para incrementar la competitividad será suficiente la honestidad, para aliviar la pobreza bastara con combatir a quienes se apropian indebidamente de la riqueza (Foreing Policy).
Entienda el lector, el combate a la corrupción es urgente, justo, inteligente y necesario. Pero insuficiente. Porque no sugiere soluciones y con frecuencia las pospone, porque la obsesión genera expectativas que difícilmente podrían ser cumplidas. Alimenta la ilusión de que bastará el líder honesto y providencial para asegurar el progreso: Un Berlusconi en Italia, un Putin en Rusia.
De seguir obsesionados en los síntomas seguiremos teniendo una democracia con alternancia pero sin contrapesos. Una ciudadanía desamparada, desprotegida y sin opciones. Un sector productivo perdiendo competitividad y poder en las decisiones nacionales. Una población humilde cada vez más empobrecida y desesperada, dándole circo porque no le podemos dar orden, salud, vivienda y educación. Si creemos que quitando la fiebre le quitamos la enfermedad al paciente, este nunca sanará. Si convertimos la corrupción en el culpable de todo, será imposible cambiar algo.
Nelson Espinal Báez. Associate MIT-Harvard Public Disputes Program, Universidad de Harvard.

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