¿Cuánto nos cuesta administrar el Estado?

>> 22 de octubre de 2015

Además, como ocurre siempre con toda burocracia política, la moral cerrada y el culto mágico al “secreto de Estado” han hecho que los asuntos públicos sean territorio de los Dioses.

Hablar de la administración del Estado en la sociedad dominicana es ante todo el advenimiento de lo absurdo. El Estado está en todas partes y en todos los sitios tiene usufructuarios. Sonríe siempre, ante él se tropieza con un muro de silencio, y es portador de una agresiva y engreída manera de no ser. 


El Estado somos todos, pero es lo que siempre olvidamos; una extraña fatalidad; el eterno ausente, el pateado (“como una adolescente en las caderas”-diría Pedro Mir-), el saqueado, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Sobre el Estado se han encaramado  los demagogos y dirigentes de nuestra larga historia de padecimientos históricos. Es desde el Estado que todos los relatos de nuestros “líderes” han prometido empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso. En suma, no es difícil comprender los orígenes de las inesperadas miserias que nos desgarran, el recelo y la dificultad de construir instituciones, las andrajosas posturas de quienes nos han gobernado. Su objetivo ha sido siempre saquear el Estado, prostituir cualquier proyecto de pacto social, y apropiarse de la riqueza pública.
¿Ahora mismo, en los últimos doce años de gobiernos del PLD, cuánto nos ha costado la administración del Estado? ¿Qué cantidad de recursos invierte el país en esos “dirigentes” que manejan la cosa pública?  ¿Cuánto vale un “líder”,  cuánto nos cuesta un Ministro, un Administrador, un Director General, un dirigente medio del partido? ¿Cuántos  millones suman diputados y senadores por su inútil esfuerzo de “legislar”? ¿A cuánto se remonta el costo del “glamour” de un Presidente que es lo más próximo a un Emperador? ¿Por cuánto salió la compra de senadores y diputados para la aprobación de la reelección?  ¿Qué costo social tienen los pactos políticos que prolongan la “gobernabilidad”? ¿Por cuánto nos salen “El querido” y su segunda base, “Putico”, “La que no coje corte”, “Peggy”, “El sangrú”, Luis “El gallo”, el “otro gallo” de Inespre, “El curita”, del PTD; “El marqués del barrilito”, “El brujo Temo-cho”, “El Judas” diplomático, la “dama Vuitton”, el “bello Abel y su calendario”, Las “Mega-divas” y sus nalgas postizas, el hijo del gordo en la Lotería, y el gordo mismo hijo del líder máximo del PRD; Quique y su BNV, la cara de mármol de Frank Soto y la risa de hiena de Féliz Bautista, el reloj de seis millones de Díaz Rúa, los sombreros de Margarita, los Tucanos y el senador mafioso, las habichuelas con dulce de los diputados, las “comisiones” del senado y los viajes de Prim Pujals, los “negocios” de Miguel Vargas, las residencias de los Mogotes de los Ministros y exministros, los apartamentos de la corrupción que construyó Alma Fernández para dirigentes del partido en la avenida Luperón; los más de veintiocho mil militantes del partido que cobran las nominillas A y B prorrateadas en todos los ministerios, y el elevado volumen de la corrupción; en definitiva, el Estado dominicano es una mula (¿La Mañosa, la de Juan Bosch?) que soporta una carga descomunal, al  que exprimen sin piedad los ´”lideres” del partido de gobierno, y sus aliados; y hasta ciertos sectores de la “oposición”.
Además, como ocurre siempre con toda burocracia política, la moral cerrada y el culto mágico al “secreto de Estado” han hecho que los asuntos públicos sean territorio de los Dioses. Es por ello que Danilo Medina no habla, y es por ello que el “filántropo” de José Ramón Peralta únicamente cuchichea. Si este fuera un país letrado, si sus intelectuales no hubieran renunciado a ser “la conciencia crítica de su pueblo”,  si la moral de algunos “boschistas” no se hubiera viciado por la docilidad del poder, si todos nuestros inexpresados conflictos de pronto se grabaran en la mente de los más humildes, y se hiciera la luz respecto de la felicidad ciudadana que se roban los políticos dominicanos que asaltan el Estado; de seguro que el pueblo los echaría a patadas, de seguro que dejaríamos de ser una sociedad balbuciente y un pueblo enmarañado; y desplegaríamos una gran avidez por dejar de ser lo que somos.
Hace poco la presidenta de la Cámara de cuentas se le zafó una despiadada filosofía a secas: “Con lo que se roba en el Estado dominicano se podría construir otro país”- dijo, y se le cayó el mentón, y le entró una súbita discordia en los ojos. ¡Hasta cuándo, Dios!
Andrés L. Mateo

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