¿Se podría decir que el desorden es más grande que la pobreza en RD?

>> 20 de septiembre de 2016

En la República Dominicana impera un estado de desorden (desde el Palacio Nacional hasta el último poblado del país) que hasta los pobres hacen lo que mejor les parece y conviene sin que las autoridades tengan moral para enfrentarlo, y cuando lo hacen es por conveniencia propia, no por patriotismo, por consciencia de país.
El "dejar hacer" a la gente lo que les de la gana es política pública en un país donde el Gobierno pone el desorden y es incapaz incluso de asegura vidas y bienes de los ciudadanos honestos, empresarios, comerciantes, inversionistas extranjeros, turistas.
Cientos de muertos en los pasado cuatro años de administración de Danilo Medina, y en estos próximos cuatro, "seguiremos montados en el mismo caballo".
Los delincuentes se han cogido el país para ellos, y los ciudadanos tienen que andar casi a escondida, de acechones.
Y en el Estado el desorden está perfectamente organizado para que todos hagan lo que más le convenga, incluso con los dineros de los contribuyentes, como eso de ponerse los sueldos que mejor se ajusten a sus ambiciones personales, de sus compañeros, amigos, queridas, novias y demás relacionados.
Sobre el desorden en que ha sido sumido el país trata el editorial de este lunes de Diario Libre, titulado "Pobreza y desorden", que ELCORREO.DO presenta a sus lectores.
POBREZA Y DESORDEN
Se podría decir que en este país el desorden es más grande que la pobreza o que, al menos, van a la par.
No es que seamos desordenados porque seamos pobres, pues en tiempos pasados éramos más pobres que ahora, y no había el nivel de desorden de estos días. Es que hemos tomado como bandera la pobreza para hacer lo que nos da la gana.


Y esos “pobres” se han convertido en una fuerza de choque que limita las posibilidades de reforma que son imprescindibles para avanzar democrática e institucionalmente.
Al menos, es la excusa de los políticos.
La República Dominicana no tiene ni el tamaño ni la población para que los cambios necesarios no puedan ser aplicados. Ha faltado una élite que impulse los cambios y una clase política con visión de futuro. Ante esas ausencias, los más agresivos se han apoderado de segmentos de poder en el transporte, en la educación y en ciertos sindicatos profesionales, para impedir las reformas.
¿Por qué un chofer de carro público no paga impuestos, ni seguridad social, y un empleado sí? Esa es la tarea.
Editorial Diario Libre

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